Éste ha sido el más especial. De todos mis viajes a zonas rurales en Bolivia, a esos pueblitos escondidos, donde el tiempo transcurre muy lento, donde la luz proviene de un generador eléctrico y donde no hay más paseo que dar una vuelta a la plaza, éste, el que acabamos de hacer con mi marido, hijos y demás familia, ha sido el más especial.
Es que ha sido un reencuentro. Tantas veces, de niña y no tan niña, he viajado a Chulumani, Coroico y otros lados. Y siempre es lo mismo, el traposo trajinar del auto sobre el camino de tierra para llegar al pueblito inerme, indiferente al paso de los años. La gasolinera está siempre a la entrada del pueblo, y unas cuantas tienditas. Hay que avanzar por calles angostas hasta llegar a la plaza, el principio y el fin de todo, y más allá, buscar el hotel que nos va a alojar. Limpio, amplio, antiguo. Ordenar las maletas y salir en mallas a la piscina helada. Y dejarse llevar, acostumbrarse al letargo del pueblo.
No había que rebuscar más allá. Y así lo hicimos ahora, nos fuimos a la chiquitanía cruceña, un grupo de poblaciones fundadas en el siglo 17 por los jesuitas, que han dejado un riquísimo legado cultural, arquitectónico, musical y religioso. Así que esa ceremonia, la del pueblito que parece haberse quedado centurias atrás, me devolvió a mis raíces más puras y me recordó un poquito de mi historia. Pero para Alfredo y los niños, acostumbrados a manejar en carreteras de tres carriles, con estaciones de gasolina y confiterías abarrotadas, a llegar a pueblos turísticos que tienen mall, supermercados, farmacias y todas las comodidades urbanas, el viaje era más que una novedad, una suerte de encapsulamiento en la máquina del tiempo y un aprendizaje de lo que hay más allá de este Chile que es (debemos admitirlo) mil veces más moderno que mi amada Bolivia.
jueves, 4 de febrero de 2010
viernes, 21 de agosto de 2009
Saltando de frío
Solo yo siento el frío que el invierno regala en la tarde de viernes. Nadie más. La Lauri está saltando por toda la casa en polera de manga corta, falda, calcetines y capa de superhéroe. La capa es rosada, como ella. Y yo que la miro embelesada. No por la temperatura. Sino porque es bella y dulce y feliz.
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viernes, 26 de junio de 2009
Corazones negros
Dice la Laurita chiquitita
cuando nos acostamos a dormir
después de rezar, pedir, agradecer
y bendecir
Mamá, alargando la a
mi corazón -dice- es negro, ¿sabías?
Para mi el negro es triste,
sombrío, incierto, doloroso
pero no le dejo saber
Yo creo que es rosado,
todos los corazones son rosados,
le digo
Acaso lo viste, le pregunto
No, pero pienso que es negro.
Puede ser, pero yo creo que
es rosado.
Capaz, me dice.
miércoles, 17 de junio de 2009
La chinita saltarina

Este era el bichito que aquí se llama chinita y allí mariquita y más allá catarina, y que estaba saltando a la cuerda mientras un par de grillitos cantaban saludando la mañana. La primavera todavía no había brotado en todo su esplendor y el rocío no se había evaporado. La chinita pobrecita resbaló y quedó de espaldas mirando al tímido sol. El cantó cesó y los grillos saltaron para ayudar. Despacito llegó el caracol. Dieron vuelta a la chinita y se dieron cuenta que se había roto un alita, justo en medio del puntito negro coqueto que le daba distinción. ¡Qué no se enterara la chinita! Te ves bien pero tienes que hacer reposo, le dijo la enfermera. Era una babosa que con su baba le pegó el alita y el puntito volvió a verse coqueto. La chinita era valiente y no lloró. Pasaron muchas horas que a ella le parecieron varios días y la noche se hizo. Quietecita se quedó bajo las hojas generosas de un botón de oro, cuya tímida flor no se animaba a abrirse. A la chinita, la noche le pareció demasiado oscura, el cielo demasiado lejano y la brisa demasiado fría. Cerró los ojitos y trató de dormir pero habían muchos grillos cantando. Como no tuvo opción, tarareó la melodía hasta que pudo descansar. Solo despertó cuando los rayos del sol acariciaban sus alitas. Sintió alivio. Parece que la baba había pegado finalmente todo. Dudosa movió un ala, la buena. No pasó nada. Frunció la rara carita y movió el ala dañada. No pasó nada. La movió de nuevo. No pasó nada. Caminó dos pasitos y se encontró con la buena babosa que la había atendido. Se arrastraba de vuelta hacia su casa para dormir. Pero la revisó. Y le dijo, ya puedes seguir saltando. No, dijo la chinita, esperaré a que el rocío se evapore y volveré a saltar.
miércoles, 10 de junio de 2009
Todas queriamos una Barbie

Si alguna vez se te ha caído la bolita del helado justo después de la primera lengüetada, tu mejor amiga rompió tu juguete preferido cuando se lo prestaste a regañadientes, o fuiste la primera en irte del cumpleaños justo cuando empezabas a pasarla bien, entenderás más o menos mi sensación de desengaño ante la exhibición itinerante de los 50 años de la muñeca Barbie.
La ilusión de ver la muestra no partió con el anuncio, en rosado chillón y a toda página en el diario dominical, a través del que, el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago invitaba a celebrar las cinco décadas de la muñeca más famosa del mundo. No, por supuesto, viene de hace muchos años, cuando era una niña de piernas flacas y tierna imaginación, que peinaba, vestía e inventaba historias para la Barbie.
Diría que tal vez por eso, cualquier exposición habría palidecido frente a mi deslumbramiento infantil, pero sería darle demasiado crédito a los productores y auspiciadores. En realidad, cuando bajamos de la mano de Laurita –mi hija de cuatro años y dueña de algunas Barbie, a las que le encanta desvestir y bañar en el lavamanos- por los escalones de baldosa antigua hacia el sótano del Museo, demasiado amplio e iluminado para las pocas y delgadas vitrinas que por ahí parecían flotar, sentí la desilusión del helado en el suelo, del juguete roto sin remedio, de quedarte sin jugar. Si no fuera tan viejota, me habría puesto a hacer pucheros.
La actitud de Laurita fue muy elocuente. Los pedestales eran demasiado altos, así que apenas podía ver a las muñecas. Se puso entonces a corretear por el frío salón sin que ninguna de las antiguas, modernas, estilizadas, vestidas por diseñador, bronceadas, profesionales, artistas Barbie en exhibición le llamaran la atención en lo más mínimo. Más tarde le dijo a su papá: “Fue fome, no se podía tocar nada”.
Ciertamente. Aún así disfruté mirando a las muñecas a través del vidrio. Recuerdo muy bien las primeras que tuvimos (mi hermana y yo éramos fanáticas); fueron un regalo de una prima de mi mamá y llegaron en una maleta negra, con vestidos, faldas, abrigos, pelucas y zapatos. Fue una maleta mágica que hechizó mi cuarto y mi infancia.
De la mano de esas memorias, fue un deleite ver la mini, botas y pelo corto de la Barbie Twiggy, los zapatitos rojos de punta cuadrada de una Barbie de los cincuenta, como si fuera a bailar el twist o la que está vestida por Burberry en una elegante tenida tweed, incluida la cartera. En algún momento, cuando miraba a estas preciosas muñecas, de facciones delicadamente dibujadas, vestidas por Oscar de la Renta y Bob Mackie y auspiciadas por MAC, Macy’s y Swarovsky, pensé en la frivolidad de adornar a un juguete con tanto lujo mientras tantos niños mueren de hambre. Debo confesar que por comodidad e impotencia, deseché el pensamiento y seguí mirando.
A la Laurita le gustó la Barbie huasita, muñeca disfrazada con la vestimenta típica del país anfitrión. ¿Cómo se vería una Barbie con trencitas y pollera? ¿Jugando fútbol? ¿Practicando lucha libre? Sigo mirando. La Barbie California Dreamin’ está bien bronceada y la que era azafata en la colección de los setenta se convirtió en piloto de avión en los noventa y en candidata presidencial en el nuevo siglo. Pero de todas, la que más me gustó fue la muñeca Elizabeth Taylor, bellamente tallada, vestida y terminada. Tampoco olvido a Cher y a Vivian Leigh en miniatura. Mientras tanto, Laurita se diviertía subiendo y bajando por la rampa. Nos vamos, le digo. No, mamá, espera. Se va a mirar a la huasita. Logramos salir de ahí. La exhibición casi se me había olvidado mientras caminábamos por las encantadoras calles de Santiago centro, adyacentes al Cerro Santa Lucia. Hubiera puesto una gran mesa de juegos e invitado a todas las niñas a traer dos muñecas, una de regalo y otra para jugar. Además hubiera puesto peldaños en cada escaparate para que las más chicas vieran mejor y definitivamente habría quitado de las paredes esos horribles pendones rosados de plástico y puesto fotos. En eso pensaba, y en el helado caído y el juguete roto…
La ilusión de ver la muestra no partió con el anuncio, en rosado chillón y a toda página en el diario dominical, a través del que, el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago invitaba a celebrar las cinco décadas de la muñeca más famosa del mundo. No, por supuesto, viene de hace muchos años, cuando era una niña de piernas flacas y tierna imaginación, que peinaba, vestía e inventaba historias para la Barbie.
Diría que tal vez por eso, cualquier exposición habría palidecido frente a mi deslumbramiento infantil, pero sería darle demasiado crédito a los productores y auspiciadores. En realidad, cuando bajamos de la mano de Laurita –mi hija de cuatro años y dueña de algunas Barbie, a las que le encanta desvestir y bañar en el lavamanos- por los escalones de baldosa antigua hacia el sótano del Museo, demasiado amplio e iluminado para las pocas y delgadas vitrinas que por ahí parecían flotar, sentí la desilusión del helado en el suelo, del juguete roto sin remedio, de quedarte sin jugar. Si no fuera tan viejota, me habría puesto a hacer pucheros.
La actitud de Laurita fue muy elocuente. Los pedestales eran demasiado altos, así que apenas podía ver a las muñecas. Se puso entonces a corretear por el frío salón sin que ninguna de las antiguas, modernas, estilizadas, vestidas por diseñador, bronceadas, profesionales, artistas Barbie en exhibición le llamaran la atención en lo más mínimo. Más tarde le dijo a su papá: “Fue fome, no se podía tocar nada”.
Ciertamente. Aún así disfruté mirando a las muñecas a través del vidrio. Recuerdo muy bien las primeras que tuvimos (mi hermana y yo éramos fanáticas); fueron un regalo de una prima de mi mamá y llegaron en una maleta negra, con vestidos, faldas, abrigos, pelucas y zapatos. Fue una maleta mágica que hechizó mi cuarto y mi infancia.
De la mano de esas memorias, fue un deleite ver la mini, botas y pelo corto de la Barbie Twiggy, los zapatitos rojos de punta cuadrada de una Barbie de los cincuenta, como si fuera a bailar el twist o la que está vestida por Burberry en una elegante tenida tweed, incluida la cartera. En algún momento, cuando miraba a estas preciosas muñecas, de facciones delicadamente dibujadas, vestidas por Oscar de la Renta y Bob Mackie y auspiciadas por MAC, Macy’s y Swarovsky, pensé en la frivolidad de adornar a un juguete con tanto lujo mientras tantos niños mueren de hambre. Debo confesar que por comodidad e impotencia, deseché el pensamiento y seguí mirando.
A la Laurita le gustó la Barbie huasita, muñeca disfrazada con la vestimenta típica del país anfitrión. ¿Cómo se vería una Barbie con trencitas y pollera? ¿Jugando fútbol? ¿Practicando lucha libre? Sigo mirando. La Barbie California Dreamin’ está bien bronceada y la que era azafata en la colección de los setenta se convirtió en piloto de avión en los noventa y en candidata presidencial en el nuevo siglo. Pero de todas, la que más me gustó fue la muñeca Elizabeth Taylor, bellamente tallada, vestida y terminada. Tampoco olvido a Cher y a Vivian Leigh en miniatura. Mientras tanto, Laurita se diviertía subiendo y bajando por la rampa. Nos vamos, le digo. No, mamá, espera. Se va a mirar a la huasita. Logramos salir de ahí. La exhibición casi se me había olvidado mientras caminábamos por las encantadoras calles de Santiago centro, adyacentes al Cerro Santa Lucia. Hubiera puesto una gran mesa de juegos e invitado a todas las niñas a traer dos muñecas, una de regalo y otra para jugar. Además hubiera puesto peldaños en cada escaparate para que las más chicas vieran mejor y definitivamente habría quitado de las paredes esos horribles pendones rosados de plástico y puesto fotos. En eso pensaba, y en el helado caído y el juguete roto…
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lunes, 25 de mayo de 2009
Anastasia estaba vestida para salir. De vestido largo, color discreto, no vaya a ser que llame la atención de algún caballero indebido, desentendido, maleducado, tacos altos, pelo suelto, mirada tímida, sonrisa cautelosa, temerosa. Pobre Anastasia, toda la vida se había debatido entre pensar menos y actuar más. Ser más espontánea y menos temerosa. Si al final, racionalizaba Anastasia, la vida se pasa en un milisegundo. Pero esa tendencia en ella era más fuerte. Recordaba, dilucidaba, tamizaba cada acción, dicho y sentimiento, pasándolo todo bajo un severo e inmisericorde escrutinio. Si, esa noche Anastasia estaba vestida para salir.
lunes, 18 de mayo de 2009
Benedetti se fue
Entre tanto homenaje, el mío corre desapercibido. La verdad no tengo ni un libro de Mario, pero he aprendido a apreciarlo y quererlo a través de mi hermana, que he sentido mucho su partida. Y hoy dia, en busca desenfrenada de las palabras que pudieran todavía atarlo a este mundo, quiero compartir este cuento en particular. Si, porque vivo en Chile y soy boliviana, porque es cierto que nacemos, vivimos y morimos con una nostalgia indecible, acechando el mar como quien persigue fantasmas. Vaya pues el cuento para quien tiene la fortuna de leerlo.
Un boliviano con salida al mar
Nunca he podido confirmarlo, pero dicen que en plena guerra de las Malvinas le preguntaron a Borges qué solución se le ocurría para el conflicto, y él, con su sorna metafísica de siempre, respondió: “Creo que Argentina y Gran Bretaña tendrían que ponerse de acuerdo y adjudicar las Malvinas a Bolivia, para que este país logre por fin su salida al mar.”
En realidad, la ironía de Borges (siempre que la cita sea verdadera) se basaba en una obsesión que está presente en todo boliviano, ese alguien que siempre parece estar acechando el horizonte en busca del esquivo mar que le fue negado. Tiene el Titicaca, por supuesto, pero el enorme lago sólo le sirve para que crezca su frustración, ya que en vez de conducirlo a otros mundos, sólo lo conduce a sí mismo.
De todas maneras, cuando algún boliviano llega al mar, aunque éste sea lejano, siempre se trata de un blanco, nunca de un indio. Hubo un indio, sin embargo, nacido junto a las minas de Oruro, que por un extraño azar pudo alcanzar el mar prohibido.
Debió ser un niño simpático y bien dispuesto, ya que una dama paceña, que estaba de paso en Oruro y pertenecía a una familia acaudalada, lo vio casualmente y se lo trajo a la capital, allá por los años cincuenta. Rebautizado como Gualberto Aniceto Morales, aprendió a leer y aprendió a servir. Y tan bien lo hizo, que cuando sus patrones viajaron a Europa, lo llevaron consigo, no precisamente para ampliar su horizonte sino para que los auxiliara en menesteres domésticos.
Así fue que el muchacho (que para ese entonces ya había cumplido quince años) pudo ir coleccionando en su memoria imágenes de mar: desde la tibieza verde del Mediterráneo hasta los golfos helados del Báltico. Cuando al cabo de un año sus protectores regresaron, Gualberto Aniceto pidió que lo dejaran viajar a su pueblo para ver a su familia.
Allí, en su pobreza de origen, en la humilde y despojada querencia, ante la mirada atónita y el silencio compacto de los suyos, el viajero fue informando larga y pormenorizadamente sobre farallones, olas, delfines, astilleros, mareas, peces voladores, buques cisternas, muelles de pescadores, faros que parpadean, tiburones, gaviotas, enormes transatlánticos.
No obstante, llegó una noche en que se quedó sin recuerdos y calló. Pero los suyos no suspendieron su expectativa y siguieron mirándolo, esperando, arracimados sobre el piso de tierra y con las mejillas hinchadas por la coca. Desde el fondo del recinto, llegó la voz del abuelo, todavía inexorable, a pesar de sus pulmones carcomidos: ¿Y qué más?
Gualberto Aniceto sintió que no podía defraudarlos. Sabía por experiencia que la nostalgia del mar no tiene fin. Y fue entonces, sólo entonces, que empezó a hablar de las sirenas.
Mario BenedettiDespistes y Franquezas (1995)
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